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Una carta de amor

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomo un sobre y mientras observaba su café dijo:

 

Cierro la puerta
y las lágrimas
no tardan en acariciar
este ajeado rostro

aun creo en él,
a pesar de que siempre quede encerrado
detrás de su maravilloso telón
estilo Broadway

lo espero, camino
dos pasos, y espero
camino años
y sigo esperando

es que aun creo en él
necesito creer
que tiene la fuerza
para dejar libre

a la persona
que a mis ojos
es más que el exitoso
personaje que creó

yo te amo
en tus otoños
y en tus inviernos;
te amo completo,
a vos.

Te amo incluso
cuando tu boca muerde,
en su incomprendida llovizna;
no necesito esperar el arco iris
para amarte.

Este amor es insensato,
no busca encontrarse
y es tan poderoso
que no tolerará perderse. 


Lola Sabin. 

Incompletos

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:


Sólo parpados

sin ojos

sólo bocas

sin labios.



Remando contra corriente

buscandonos asfixiados

rogando por el cese

de barrotes y mortendad.



Sólo pasos

sin pies

sólo cuerpos

sin abrigo.



Tristes y perdidos

preguntando respuestas

enredando farolas

de palabras con engrudo.



Nos acaban las miradas

las tristezas que traspasan;

nos maniatan tantos muros,

de imaginarios escrupuleos.



Sólo miradas,

por la falta de acuse de recibo;

sólo golpeteos,

por la avaricia de sentidos.

Lola Sabin.

El vuelo del gorrión.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma y dijo:


Había estado horas , aunque no lo supiera, mirando esa mariposa. Opaca, oscura, no volaba. Así y todo ella estaba embelesada mirando su vuelo.
Llegó la noche, mientras miraba como una gota recorría el vidrio del ventanal, en plena lluvía salío a correr por el patio, de charco en charco,  de planta en planta. Con el nuevo día la volvíó a ver, seguía no volando su vuelo sobre la misma piedra que lo había hecho ayer. Claro, en ese momento no lo sabía, no es el destino de la mariposa volar siempre. La mariposa no vive más de un día. Que pena sintió, solo porque no lo sabía. No era el vuelo de la mariposa lo que ella veía.


Lola Sabin.

Margarita.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y dijo: 


Diez hermosas margaritas lucía su vestido. Diez hermosas margaritas y una mancha. 
Había lavado, planchado, juntado la ropa sucia de su marido desparramada por toda la casa, antes de haber hecho las compras, cocinado, lavado, puesto la mesa y comido, sola. 
Había repasado los muebles que por supuesto previamente había limpiado, justo después de ocuparse del jardín y raspar sus manos … había hecho tantas cosas, en tan poco tiempo, que no entendía por qué le dolían los zapatos. Por qué dolían sus zapatitos perfectamente lustrados. Siempre de punta en blanco.
Bueno, siempre menos hoy, hoy su vestido traía una mancha, y en el jardín ... asomaba un pozo, fresco.

Fresco y sin retorno.

Quizá lo mejor hubiese sido, que en vez de la pala, usara delantal. 


Lola Sabin.

Esencias al viento.


Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:


Había sacado todas las cuentas, definitivamente no, no quedaban dudas: él era el indicado para ella.
Todo cerraba, como un círculo finito, de curvas simples y perfectas.

Desde hacía mucho tiempo ella lo miraba, se miraba junto a él, lo miraba junto a ella así como intentaba verse.
Infinidades de situaciones, momentos, actitudes que fueron atentamente guardadas, a veces en la retina, otras en una hoja de papel, muchas hojas, a decir verdad.

Desde hacía mucho tiempo estaba cansada, de estar, de mirarse, de mirarlo, de pensar.

Intento tantas veces apagarse, dejarse llevar sin pensar; sin escuchar esa vocecita atenta que desde adentro susurraba a gritos que no era lo que ella quería, ni lo que necesitaba … esa vocecita que enmudecida, por la sordera de hablar sin ser escuchada, comenzó a golpear las paredes del estomago, a retorcer mis órganos...
A veces creo que su preferido siempre fue el hígado, aunque dudo, porque repiquetea contra el pecho con demasiada saña.

Se había hartado de hablar en tercera persona, sintiéndose ajena. A veces volvía, a veces me iba y relataba mi vida desde la torre, con esa mirada atenta, que solo servía para mirar. Y ella eso también lo sabía, pero seguía mirando.


Cuanto más tiempo pasaban juntos, buscando descifrar si eran historias viviendo en su cabeza o si realmente esa voz existía y tenía razón, más historias en tercera persona escribía.
No era él el responsable, y puede que ella tampoco lo fuera; simplemente no era él, eso decía esa voz a la que negaba, pero sí era él, lo decía todo lo demás, ella minuciosamente había estudiado todos los detalles, y el círculo era perfecto, no había dobleces, ni puntas … ella disfrutaba el tiempo compartido, podía sentir como él estaba, como escuchaba, como comprendía, como la miraba, (mientras yo miraba un árbol, o acariciaba su pelo escapándole a la mirada directa, la que permite ver, y qué decir de cuando lo abrazaba o besaba para no mirarlo a los ojos el suficiente tiempo como para que esa voz hable desde dentro a través de ellos, para que no escuche lo que esa ajena voz tenía para decir).

A veces solía pensar que si esa voz no estuviera ella podría ser feliz, porque el tiempo juntos era invalorable, me gustaba desde el tono de su voz, hasta la forma en la que vestía. Desde su olor, hasta la forma en la que me sostenía.

Y otras, como hoy, creo que sí esa voz no estuviera, estaría condenada a la tercera persona, a mirar enajenada.

No sé, mi conclusión, a todo, siempre, es que pienso mucho.
Pero cuando no pienso, el piloto sigue en marcha, la sombra de la sombra vive y yo me acomodo en la torre de marfil.

Era la hora, algo debía hacer, escucharse la hacía sentir que sabía lo que necesitaba …

Tomando al toro por las astas se dispuso a no seguir sus pasos, tocó timbre, esperó …
Cuando al fin abrió la puerta, sintió miedo, pánico, terror, paralizada no tenía más que caminar, aunque él lo sabía, nadie había podido acallar su cara de terror.

- ¿Es la primera vez que venís?
- Si.
- ¿Estás nerviosa?
- Si.
- Tranquila, no va a pasar nada.
- Bueno.

Las palabras no salían, y ese hombre no ayudaba, su túnica negra, su cara de … no era su cara, era más bien lo que yo sabía que él hacía, pero lo que fuera definitivamente me daba pavor.
- Pasa por acá, por favor. Ponete cómoda, deja la camperita sobre esa mesa y parate derecha mirando ese punto rojo.
Después de varios minutos, como yo miraba una copa con rubíes y diamantes rojos, el cura prosiguió:
Aquel punto rojo digo, al que le estás dando la espalda.

Ni una mueca, ni una palabra, nada dije, solamente gire y me quede en el punto rojo, con la cabeza en blanco, un blanco sudoroso.

El tipo me tiro agua bendita, dijo varias palabras en latín o hebreo, o algún idioma que invento para reírse de mí. En un momento se arrodillo y tarareaba una canción de Luis Miguel … creo que el exorcismo para lo único que sirvió fue para hacerme ver que estaba desesperada, que no pensaba bien y que no era eso lo que necesitaba para mí.

Curada de espanto agarré la misma guía telefónica que me había llevado al exorcista y busque el número de un psicólogo, un psiquiatra y una adivina.
Quizá me hubieran servido, pero me avergonzaba la desesperación con la que buscaba y discaba antes de cortar.

Por lo que repase una vez más la lista y agregue algunas cosas que faltaban:

- Me atrae físicamente, es mi tipo.
- Me gusta su onda, como se viste, peina, camina, habla, sus modos y sus formas.
- Tiene rico aliento siempre.
- Es aceptado socialmente, es correcto.
- Se lava las manos después de ir al baño.
- Me escucha, me conoce, me comprende.
- Me da consejos que mayoritariamente responden al conflicto.
- Confía en mí.
- Me siento bien cuando está cerca.
- Me acompaña, me sostiene, me hace sentir bien.
- Me encantan los pocitos que tiene en los cachetes.
- Me gustan mucho sus ojos, como brillan.
- Me molesta que dependa de mí.
- Hay temas que tengo que disfrazar para hablar con él, para no sentir que hablo a una pared.
- Esos temas son parte de quién soy, de mi esencia.
- Siento que me vuelvo igual a los demás.
- Mi identidad se distorsiona, cambio lo que hace que sea yo y no otra, independientemente de si él necesita que yo lo cambie.
- Me hace sentir colérica que aguante cualquier cosa que haga, que me justifique y me siga sosteniendo.
- Me hace sentir que no se quiere, con lo que concluyo que en el fondo del fondo, no somos felices ninguno de los dos, solamente son felices los seres sin esencia, sin voz, de los dos, no solo mío.


Hizo los últimos ajustes:

- Me atrae físicamente, es mi tipo.
- Me gusta su onda, como se viste, peina, camina, habla, sus modos y sus formas.
- Tiene rico aliento siempre.
- Es aceptado socialmente, es correcto.
- Se lava las manos después de ir al baño.
- Me escucha, me conoce, me comprende.
- Me da consejos que mayoritariamente responden al conflicto.
- Confía en mí.
- Me siento bien cuando está cerca.
- Me acompaña, me sostiene, me hace sentir bien.
- Me encantan los pocitos que tiene en los cachetes.
- Me gustan mucho sus ojos, como brillan.
- Me molesta que dependa de mí.
- Hay temas que tengo que disfrazar para hablar con él, para no sentir que hablo a una pared.
- Esos temas son parte de quién soy, de mi esencia.
- Siento que me vuelvo igual a los demás.
- Mi identidad se distorsiona, cambio lo que hace que sea yo y no otra, independientemente de si él necesita que yo lo cambie.
- Me hace sentir colérica que aguante cualquier cosa que haga, que me justifique y me siga sosteniendo.
- Me hace sentir que no se quiere.

 

Y ahora sí, tomó el teléfono, tranquilamente disco su número y quedó en encontrarse para ir a pasear, hablar de los temas de la lista que la preocupaban y de cómo seguiría su historia.
FIN.

Elecciones.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma y dijo:


"Se encontraba un hombre, mirando a la mujer que hacía que su mundo fuera suyo, que sus manos fueran suyas, que sus ideas fueran más grandes de lo que jamás habían sido … "

El hombre, sentado en la barra, acariciaba nostálgicamente enamorado, los ojos de una mujer. Una que lo amaba, a él, y a ella, siendo, con él.
Una mujer que se agrandaba, sin tener que resignar ninguna parte de su diminuta persona. Al lado de un hombre que a sus ojos era inmenso en sus pequeñez.

Se cruzaban miradas rasgadas en culpa, no era su hombre, ni ella su mujer.

Habían jurado amor eterno, habían hecho un contrato. Habían esclavizado sus almas, porque no conocían, no sabían lo que era el amor.
Nadie les había mostrado, antes de conocerse, que podían fundirse en otra persona y sentirla su hogar. No habían visto como dos podían ser uno, sin dejar de ser individualmente.

El matrimonio era una unión, promesas de vida. Era sacrificio, resignar para dar lugar al otro. Era cambiar la libertad por algo más, que correspondía una vez entrados en la madurez.
Era comprometer a alguien a ser por siempre una compañía, un apoyo, ... , era no estar solos nunca más.

Era lo que siempre vieron. Lo que todos dijeron.
Miradas tristes, resignadas, acostumbradas, tan necesarias en el amor.

El matrimonio era todo lo que ellos dos, juntos, no eran.

No podían romper el contrato, habían prometido su alma a alguien más. Un alguien que no tenía culpa alguna, por haber atado su alma a otro, que tampoco era culpable por no saber lo que el amor era, antes de firmar.

No podían alejarse, porque era perder la vida, era volver, a solo estar, a amoldarse para encajar, a emprender un viaje achicándose, hasta desaparecer.

Estaban en la barra, mirándose, mientras posaban sus ojos fijos sobre la misma botella de gin. Él tomaba una soda, mientras ella hundía en whisky su nariz.

Él dijo las palabras, que ella no quería oír, él dijo las malditas palabras, que no quería decir.

Ella respondió como pudo, desde el ardor de su piel.

Con los labios sellados por la falta de aire, arrimó un vaso de whisky, lentamente con su dedo, a la soda insulsa que estaba tomando. Empujándolo a una elección, una metáfora, que no podía esquivar.

Él no tomaba alcohol, estaba atado a un contrato, a una fuerte moral. Corrida de eje.

Él no la podía soltar.

Miró vacilante el vaso, y sin dudar en su decisión, se enfocó en el dedo que lo acercaba, y tomó. Tomó hasta la última gota de cada vaso.

Cada vez que llegaba a su casa, tras saludar a su víctima captora, corría tras la gota.

Cómo si cambiara de algo elegir entre la soda y el whisky, como si eso redimiera su fallida elección.


“Hola a todos, hace dos 2 años que no tomo una gota. Llevo 2 años sobrio …

…no la pude soltar, y me aferre al vaso equivocado. La única verdad es que era el dedo, lo que quería".

Lola Sabin.

Volar sin alas.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:


Como quisiera poder. Poder ser
el susurro al corazón que con un grito del alma
te diga que todo, porque todo,
va a estar bien.
Ser los ojos en los que descanse
tu mirada desahuciada.
Los brazos que te rodeen
y te sostengan
acariciándote para amalgamar las heridas
que nunca sanan.

Nunca a pasado, un nunca a futuro
jamas te lo podría augurar.

Yo te prometo que vas a volver a sonreir
sin ganas de llorar.
Yo te prometo que lo vas a volver a hacer
contagiado por la felicidad de quienes amas.

Todo va a estar bien. Todos van a estar bien. Lo sé.
Porque por más plumas que veas en el piso,
por más que te arrastres por no poder volar,
el ave es ave. Y vos, podes más.
Arrastrándose, también se puede volar,
porque el vuelo está en el alma,
en la mirada, en el amor, que uno es capaz de dar.
Y a vos eso, nunca, siendo vos, te va a faltar.

Siempre vas a ser más. Al menos mis ojos
no ven un ave que no puede levantar. Ven un ave.
Distinta. Qué tiene algo, que por más caída que esté
siempre la va a hacer resurgir, a su tiempo.
Si, hoy, no confías en vos, confia en mí
volá, las alas las tenés.

 
Lola Sabin.

Rebeldes sin causa.

 Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:
 
Cuando el espacio limita
la intransigencia aborrece. Castiga;
intenta matar al, hermoso y delicado, animal.
Más poderoso aún en su fragilidad.
Despreocupada pero de puntillas
adormecida sale a hacer mella. Marcas de muerte.
Aturden y los oídos sangran.
Bandadas de hienas acarcajan la celeridad,
jaurías de golondrinas enloquecen en su pasividad,
jardines sembrados, clavos por parcelas,
regados por las hienas, las golondrinas,
los locos y los pseudo cuerdos que aún quedan en este lugar
sin espacio, sin razón. Más allá de la sinrazón.
En los floreros duermen doncellas color rosa y lavanda
conservan aun su belleza, todavía se deleitan en la calma.
Calma que no calma a las furias descompaginadas;
corrido el manchón, quedan manchas,
(donde no debería de haber nada).

No hay espacio para crecer, no hay lugar para ser.
Cuando el espacio limita salen mentes reducidas,
imaginaciones recortadas;

relucen los dientes de las hienas,
las golondrinas huyen despavoridas de tamaña abominación.
los seres se evaporan y los locos ya no oyen su canción.
Cuando el espacio se limita no pidas más,
quedate calladita, mordé las sabanas y recostate
en el jardín, de clavos, porque las flores ya no crecen
no hay con que regar, en el jardín de la envidia
ni envidias quedan ya. 


Sacate la campera que hace frío …
jugo con mi nueva imaginación. Acotada.
Rompo reglas dentro de un molde,
juego dominó, aplaudo guerras. 
Rompo reglas … a ya lo dije.


Rebeldía enlatada, personajes sin razón
haciendo histeria en la historia,
destruyendo en la construcción de su incapacidad. 

Lola Sabin.

En las palabras, las respuestas.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:


Deseaba tanto estar acá. Solo con mi alma, rodeado de Dios.
Respirar es distinto, el aire purifica mi cuerpo, caminar entre estos pedazos de cielo no hace más que mostrarme que ningún mundo se va a acabar por más errores que cometa, que nada va a pasar si vivo mi vida como quiero hacerlo. Intentando, equivocando caminos, una y otra vez.

Embelesado por los sonidos no pude más que hacer lo que siempre hice … pensar.

En el éxtasis, en un paraíso que no parecía terrenal, note que no iba a hallar más respuestas que las que yo mismo tenía, así como que no tenía más armas para desarticular mis mecanismos de defensa que las que había traído … quizá había sumado algo de paciencia, tranquilidad, espacio y tiempo.

Sin desesperar, sería un crimen en ese lugar, caminé disfrutando del regalo de vida que estaba viviendo.

No podría, ni querría, especificar en cuanto tiempo, ni a qué distancia vislumbré a un grupo de personas. Algunos sentados a la orilla del lago, otros tomando y comiendo un poco de cada cosa, un poco de cada quién…
Parecía haber lugar de sobra, sin faltar nadie. Cosa a la que no estaba acostumbrado, porque en mi vida nunca nada era suficiente, siempre podría ser mejor, siempre tenía que analizar las formas de perfeccionar todo, hasta el tiempo en el que hacía las compras en el supermercado.

Optimizar, aunque no sea necesario.

Me dispuse a vivir intensamente la experiencia, por lo que acercarme no fue algo extraño. Amigablemente me arrimé y al poco tiempo era uno más.
Quizá todos los que estaban allí habrían llegado de la misma forma … había cierta magia en el lugar. (calidez)

Sin darme cuenta había hablado de cosas que hacía años no hablaba con nadie. En realidad había hablado de estos temas con mi novia, con mis amigos, y hasta con extraños que son amigos por algunas noches y después no los ves más, pero nunca de esta forma, no relataba hechos sino que hablaba desde el fondo del alma, contando emociones, sensaciones, miedos … ¡miedos! hacía tanto tiempo que no me animaba a hablar en voz alta de los miedos y las sombras que me perseguían. Todo el tiempo, sobre todo en la noche. Había cambiado mis hábitos para evitar esas interminables y extenuantes noches.

Misteriosamente, me escuchaba a mí dando todas las respuestas que esperaba. Sabía que las tenía, lo que no sabía era que el yo que había llegado, el mismo de siempre, sabía.

Realmente no sé si quienes me rodeaban estaban realmente interesados en lo que decía o si me escuchaban siquiera Pero poco me interesaba, yo estaba recibiendo las respuestas que tanto necesitaba.

Al volante, sin saber manejar.

 Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

Me sentía como si hubiera estado durmiendo una década. Estado que el chirrido del celular contra el mueble, con ese bendito vibrador, no ayudaban, en nada, a socavar.
Puse un pie, no recuerdo cual, ha de haber sido el izquierdo, seguro. ¿Dónde lo puse? ¡Aaa sí! ¿Donde más?  En la alfombra. Que sin haber abierto completamente los ojos, pesaba sobre mí el tenerla que limpiar.
¿Alguien podría explicarme por qué alfombre la habitación? Mejor aún, ¿alguien la podría limpiar?. ¿No? Bueno, es un trabajo al que ya me acostumbre. Porque uno se acostumbra a todo. Sí contara las cosas que hice, y no sé como llegué ahí, pero las hice una vez y después otra más. Y al final, las seguí haciendo … porque era lo que hacía.
¡Uuuy no me sale una palabra hoy!. No me puedo despertar.
¿Las llaves del auto donde están? Sobre la mesa, en la cocina. ¡Ya está el café me gritaban! ¿Quién? si no había nadie. ¡¡Aaa!! ... el microondas.

Me senté frente al volante, no importaba si estaba lista para conducir, había que sentarse. Todos lo hacen. Es así. Tenes las llaves, el trabajo, tenes el auto … es dos más dos. Ay no me bañé, que tonta. Aa no sí, sí me bañe, si tengo el pelo mojado.

El día se pasó volando, pero me costó arrancar. Siempre me cuesta, no sé por qué.
En el after me desplomé sobre la barra, decir que estaba el pendex, ufff que calor. Esas pestañas, esa boca, esos brazos … ¡mamita! Encima se comenta que le gustan las maduras, pero no sé. Aunque si se da, se da.  Ooo la que me faltaba, estaba él, el baboso de siempre mirándome desde la punta. Es atormentador, siempre alguna excusa para hablarme. Un pesado. Realmente.
No me sacaba la vista de encima, todavía no sé que fuerza depravada me acerco esa vez a él. Quizá el vino. ¿Tomé esa noche? Ay no sé, no me acuerdo.

Le hice una mirada, de esas que dicen más que mil palabras … bueno se ve que no escucha bien.

Seguí en la mía, mirada va, mirada viene, mucho alcohol, el pendex … un divino.

Fui al baño, muy dulce el bombon, pero no sé cuantos metros cuadrados había tomado de vino. Estaba rico igual.

Aaay ¿y mi bombón?, se iba con un gato barato, y viejo. Se mantenía, pero era una carcacha que se destartalaba en cualquier momento. A la mañana no la quisiera ni ver.
¡Sii, estaba eliminando algunas toxinas del cuerpo!.

Volví a mi lugar, el tiempo pasó volando, otra vez, y en la barra un hombre me miraba fijo, delicadamente.

Ya se escuchaba al sol saludar, así que lo miré … y, ahora, sonreí.

En verdad, no sé por qué me cuesta tanto despertar en la mañana. Voy a cambiar el despertador.


Lola Sabin.

Cobarde.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:


Lágrimas rojas, escupe tu alma.
Ríos embriagados de uvas pisadas;
molidas por pies, salen de tus ojos
y vos, embebido en tu ceguera,
por opción, ni las ves.

Tus ropas, en su hartazgo, habrán perdido
el sórdido olor amargo que carga tu piel.
Las siempre ojeras se esconderán tras tus ojos
suplicando dormir, habrían dado su negrura
por solo dos minutos, sin tener que obligarte a recordar.
(inútilmente)

Son los restos. Un cadáver que se vistió
para la ocasión, y se puso en pie ansioso por rodar.
Preso del espejo quedo el ángel, del que
perdidamente, me enamoré.
En el espejo quedo la proyección, el esplendor
del que una vez viste. Y no te animaste a ser.

Felicitaciones, exitosos empresario.
Líder, revolucionario,
tantos papeles que recubren
lo que con diarios, noticias de ayer y hoy,
tapaste ... el cadáver del hombre. (vos)

Amo tus ojeras porque yo sé, son el reflejo
del que mataste. Vive en el negro, debajo de los ojos,
buscando un claro de luz para resurgir,
gritándole al cadáver, a viva voz, que aun quiere ser.
Te mataste por miedo a nacer. Cobarde.



Lola Sabin.

Hay una sombra en mi habitación.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

Hay una sombra en mi habitación. Sigilosa, presumida. Forma sin forma avanza penetrando en la inmensidad de la oscuridad de mi cuarto.
No quiero hacer ruido pero mi corazón golpea estrepitosamente contra el pecho, mientras en la desesperación intento respirar en un segundo todo el aire que cabe en el lugar. Más esta electricidad que recorre mi cuerpo haciéndose cómplice de mi parálisis. Tengo mucho miedo. No sé qué hacer.

Mis oídos, que han sido toda su vida unos perfectos perezosos, se mimetizan con el cuadro que muestra el lente de los ojos que ven. Se vuelven agudos, filosos y registran cada evento. Haciéndose vigías del lugar.

La siento cerca. Mi espacio ya no es solo mío, está invadido. Me ha sido arrebatado por alguien que su cara no me atrevo a ver en las penumbras de la noche.

Mis fieles centinelas advierten una voz que dice:
- No tengas miedo, no vine a lastimarte.

Una leve ráfaga de tranquilidad me visito, pero no quiso quedarse, se ve que tenía cosas más importantes que hacer. Ayudando a espantarla, la voz nuevamente cobrando aún más fuerza retomó:
- Hace tiempo que te sigo, mas tu no me quieres ver. Me injurias, me desprecias, me has colmado de odio y calumnias. Si quiera ahora que estoy frente a ti, una vez más, te dignas a mirar.

Estaba caminando al borde de un acantilado, no sabía si tirarme al vacío y gritar con todas mis fuerzas, a nadie, porque la casona estaba a mi entera disposición o entregarme al destino, sin ofrecer resistencia.
Pero ninguna pude mantener, como buena bocona que soy, en un grito mal humorado y de terror susurré:
- ¿Quién sos?. ¿Qué pretendes de mí?. ¿Qué es lo que te he hecho para que me hagas esto?. Por favor ... y las lágrimas brotaron de mis parpados como ríos buscando fluir.

La sombra pareció llenarse de furia, dio un paso hacia atrás y encolerizada comenzó a repetir una y otra vez mis preguntas. Su tono claramente resurgía, saltando entre irónico y burlón, pero lleno de enfado ...

- ¿¡Que quién soy?! aa bue, pero que ¡¿quién soy?!. ¡Increíble!. Lo único que me faltaba, yo no pretendo ¡nada! (bajando la voz .. sumergida en angustia prosiguió) de vos ...
Ya no se que hacer. Te sigo, intento que me veas ... que no me olvides, que recuerdes quien soy.
Para que así dejes de reprocharme, de señalarme con asco, de machacarme todo aquello de lo que no soy responsable ... Pero nada sirve. Siempre se trata de vos, siempre se trata de esquivar lo que te hace sufrir, de ser feliz.
Siempre se trata de vos, y nunca de mí. Me convertiste en la culpable de todas tus faltas, en la causante de todos tus problemas, me alejaste, me vestiste con ropas que no eran mías .. ¿Para qué? .. ¿Para perderme? ¿Para que al verme no me reconozcas y la culpa no te azote? ... Al perderme te perdiste.
Al perderte me perdí. Pero eso ya no importa, acá los importantes no somos ni vos, ni yo ... hay alguien que ni siquiera nació, que es inocente que solo quiere vivir.
Yo ya he vivido lo que tenia que vivir, vos ... a tu forma también, pero por ese alguien te pido que me mires, que me veas, me reconozcas y me abraces ...
Porque ese alguien de mañana, va a penar o a desplegar la gracia, o las dos, dependiendo de lo que seamos, vos y yo.

Llorando en las tinieblas, encendí la luz y la sombra dejo de ser una sombra.
No fue fácil volver a verla, menos aceptarla. Pero esta noche oscura, sin penumbras, ya no me persigue.

Lola Sabin.

Un lomito y un amor.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:


Café Leceriess, hermosa esquina. Su mayor estrategia para atraer clientes es tener siempre una ventanita abierta por donde el aroma pueda colarse para divertirse con nosotros, la gente común que pasa todos los días por la vereda, intentando pensar en algo más. Nos conquista enredándonos en un jueguito algo histérico, muestra el potencial ... pero con los pasos se diluye (algo así como algunas relaciones).

Salí del trabajo, robando unos minutos más de los 2 que tenía para almorzar, como soy joven y son mis primeros pasos en algo en lo que una vez que termine mi carrera no voy a trabajar, soy desechable o no soy una inversión ... no se como se dice, como lo llamarán los nuevos estudiosos de "Bistness & Young" tampoco sé si existe algo así, pero se sobre entiende la idea.

Me considero una persona práctica (derivación de: inútil en la cocina, holgazana) por lo que prefiero comprar un rico sándwich, rápido, no tan caro ... La rutina me aburre, pero no las obligaciones, porque no son (desde cierto punto de vista) una opción, sino de todas aquellas cosas simples que puedo disfrutar si las hago variar, como cambiar los lugares por donde camino, los transportes públicos que uso ... no sé cosas pavas que no me hacen más feliz pero si me hacen sentir un tanto aventurera, no tan chata e insulsa.

El cordón de la vereda.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

Y caminamos
mi sonrisa y yo,
por cada metro cuadrado
de esta hermosa ciudad.

Y por cada maravilla
de la cotidiana naturalidad,
y por cada noche como esta,
miro al cordón de la vereda

recordando con nostalgia
añorando la felicidad,
de la que fui juez y parte,
a la que di la espalda
cuando me sentía la reina del lugar.

En cada metro cuadrado
de este inmenso cielo que nos cobija
hay una baldosa y un cordón
en los que aun nos sentamos

burlándonos del almanaque,
tomándole el tiempo al reloj,
disfrutando el estar vivos,
en la simpleza del verdadero amor.

Y allí estaremos por siempre.
Y en cada lugar donde sacaste lo mejor de mí,
a carcajadas, de a montones;
me hiciste brillar, ayudaste a encontrarme.
A empujones, tímidos, me hiciste* feliz.


*todavía, en cada cordón, seguís teniendo ese poder sobre mí.

Lola Sabin.

Distorsión y realidad.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

No entiendo qué sucede, mis ojos se divierten distorsionando lo que ven. Quisiera poder ver con nitidez, pero todo está envuelto en nubarrones, entre haces de luz parecidos al arco iris. Solo que no se sienten alegres, caminan en la cornisa. Mi piel está intranquila y tengo frío, pero una manta no sería capaz de abrigarlo.
Hay demasiado blanco, por qué no puedo focalizar. Además siento la boca pastosa y no tengo fuerzas para hablar. Quiero levantarme, y no puedo, no ... ¡no puedo!
En aguas turbias naufraga mi cabeza, entre películas de misterio y terror, noticias que creía lejanas en la televisión. Todas, podían ser mi historia, la de hoy.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué me habían hecho? ... Una lagrima rodó por mi ajeno rostro, escalofriante viajo hasta mi cuello y murió en las sabanas.
Si quiera conseguía escuchar, solo se oían susurros lejanos entre pasos suaves detrás de la puerta.

El sueño quería enredarme, pero ¿quién me defendería si yo me entregaba? Ya una vez dormí y desperté en este horripilante sueño... tenía que resistir. Pero no resisto, no soy fuerte. Nunca lo fui.

El manto que me cubría, invisible a los ojos que no ven, se desplomo perdiendo la elegancia y los vestigios de mujer que permanecían en mi piel.
Sumergida en la agonía, cayó el manto y me desnude.

Había tenido una semana muy difícil, que decir semana, un año. El trabajo estaba cada vez peor, cada vez éramos menos, y obviamente con más responsabilidades. Ir a laburar era una odisea, sobre todo las dos primeras horas. Si las pasabas sin visitar la oficina del jefe, significaba que por un día más, aun tenías empleo. Convengamos que esta no es manera de vivir, para nadie.
Llegaba a mi casa, besaba a mi marido, quien, así como yo, también tenía días complicados, pero no conseguía escucharlo porque el mío había sido mucho peor. Cuando al fin terminaba de hablar y era mi turno, sentía que él no me podía entender. Me sentía sola, triste y cansada. Compartir con el se había convertido en una carga. Mirarlo a su hermosa cara me recordaba todas las frustraciones de las que no podía hacerme cargo, no en ese momento. Últimamente solo veía su tristeza y la mía reflejada en sus ojos.

El martes, como todos los martes, fuimos a cenar con mis amigas. Subí al auto, ansiosa, esperando a verlas para poder aliviar un poco el peso que cargaba. Ellas siempre hacen que me sienta mejor. Cuando llegué al restaurant que felicidad, las abrace, nos besamos, gritamos, y sonreímos, como todos los martes.
Mientras tomábamos el café, entendí que era el momento de hablar, cuando Cintia, la más grande de todas, no pudiendo aguantar más, grito ¡chicas! ... ¡¡¡estoy embarazada!!!.
Que emoción, ella había esperado tanto ese momento. Al fin un bebe en nuestra gran familia.

Y así, como todos los martes, en este no hubo momento para mis problemas.

Llegue a casa nuevamente, tan ofuscada y tan feliz que entré corriendo para contarle a Mauri la noticia. Él me abrazo, tan fuerte, que logró estrujarme el corazón, pero no para compartir la felicidad, sino para consolarla.
Nosotros hacía mucho tiempo queríamos un bebe, y por alguna razón no se daba. Tal vez no lograría ser una buena madre.

Esa noche dormimos juntos, abrazados. Después de mucho tiempo nos sentimos y fue importante, sé que para los dos. Por esa noche volvimos a ser una pareja, y no me sentí vacía. Pero a la mañana siguiente, la noche había terminado, y con la luz del día recordé esa angustia a la que había olvidado. No la sentía hasta que nuevamente la vi.
Ya no podía soportar, era demasiado. Esa noche, cuando llegue a casa, como todos los días de mi vida, agarre una copa de cristal de nuestro regalo de bodas la llene con el mejor vino, Mauri no estaba porque los miércoles es noche de póker, y sin pensar, camine a la alacena y tome el frasco de píldoras. No soy fuerte, nunca lo fui.

Ahora recuerdo y entiendo lo que pasa. Lo que no entiendo es por qué si no soy fuerte, por qué sigo aquí.

Lola Sabin.

Cuando la propia vida parece un cuento.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

Hace ya un tiempo, no tanto, que cambie de silla en la mesa. Cuestiones que no vienen al caso una vez obligaron que me sentara en un rincón, frío, oscuro, en el que definitivamente no me hallaba. Durante mucho tiempo permanecí allí, inmóvil, falta de todo, con ganas de nada … Creyendo sin creer, que ya de mi no quedaba nada. Tampoco importaba que fuera a volver.

Nunca logré acostumbrarme a ella, a mí. Un buen día comencé a intentar, a hacer fuerza, a patear el suelo, a luchar. No lo conseguí. Seguí intentando, sin creer. Sin querer creer, sin ganas de nada. Paso mucho tiempo hasta que al fin pude moverme de lugar, puedo recordar la pesadilla que sentí al estar atada sin sogas, al haber sido torturada … con tortura por la vida.

Como dije, hoy ya no estoy sentada allí, tampoco puedo volver a ser la que fui, así como ya no interesa. Después de un infierno, estando ahora lejos del cielo, parece como si todo hubiera sido una película sin trama, interpretada por una mala actriz. Una que en ningún momento supo actuar, una que de ficción no entiende y que está cansada de la verdad.

Lola Sabin.

Ser humano.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

Estaba pensando en ese 19 de Septiembre, recuerdo que me encontré tremendamente enojada con la vida.
En un punto entendí que las personas mienten, agravian, envidian, lastiman, son indiferentes y para colmo de todo eso, como si no fuera suficiente, yo soy una persona, cosa que me enfurecía aún más.
Protegemos con todas nuestras fuerzas nuestro hogar, pero no somos capaces de cuidar el hogar de nuestro hogar.
Somos los mejores seres entre los seres vivos, los preferidos de Dios. ¿Necesito decir algo más?. Cuanta soberbia, prepotencia; somos inquilinos que se creen dueños desconociendo los derechos de sus vecinos.

Ya no cabía dentro de mí, entonces quise refugiarme en la naturaleza, dicen es sabia. Necesitaba algo que no fuera tan destructivo, que me permitiera olvidar, aunque sea un ratito, de donde venía y hacía donde íbamos.

Me relaje con la brisa fresca, que desinteresadamente, me regalaba un árbol bajo su copa; los animales no hacían ruidos sino que hablaban entre ellos, se comunicaban, aunque yo no los comprendiera, lo hacían a su manera, con sus propias reglas.

Cómo olvidar aquel momento ¡Si!, qué sensación rara se apoderó de mí, escuché la melodía más hermosa y envolvente. Algo mágico que me hacía sentir como hacía mucho tiempo que no me sentía.
Por un momento cerré los ojos, tome aire, y los abrí creyendo que San Pedro estaría para recibirme ...
No. Nada de eso mis suelas aún tenían barro y pisaban hojas secas. Era tan hermosa que olvidando que los despreciaba, me dejé llevar por mis instintos, a pesar de todo seguía siendo humana y la curiosidad es parte importante de nosotros.
Así que me aventure, caminé entre algunos arbustos, recuerdo que había muchas ramas secas que al pasar me provocaban comezón, pero como nunca antes, lo sentía dulce.

¡Qué sorpresa cuando llegué!. No podía creer lo que mis ojos me decían.
Como un acto reflejo, los cerré y los volví a abrir, miré a mi alrededor por si era algún tipo de engaño. Pero no, era verdad.
Todo mi mundo empezó nuevamente a tambalear, se me dificultaba respirar, no comprendía, ¿Como podía ser verdad?, si los humanos somos destructivos, malos, sedientos de poder, de competir ... Cómo una simple persona podía crear un sonido tan maravilloso teniendo como único instrumento ... su voz.

Muchas veces nos sentimos tentados de creer que somos los peores, que no valemos nada, que no nos merecemos lo que tenemos, y muchas veces demostramos que es verdad.
Pero no tenemos que olvidar, que también podemos ser asombrosos, creer, crear, soñar, ayudar, comprender, amar, sufrir, sentir dolor, y aún así seguir amando.

Lola Sabin.

Una soga, pero dos extremos.

Se sentó en la mesa del café Lola Sabin, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

Encontré una soga, podía ver solo un extremo que estaba junto a mi pie. No estaba escondida, alguien la había dejado allí o la había olvidado. En el peor de los casos habría renunciado a ella.

Me seducía. Quería que yo jalara, que la empujara hacía mí. Tal vez era yo quién lo quería, usar mi poder para guiar a la otra punta justo hasta donde estaba.

En un impulso perdí el control y en el arrebato el deseo se apoderó de mí.

Necesitaba que mi fuerza fuera suficiente, pero no lo es. Nunca lo fue.

Lola Sabin.