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Vivir con mi novia me desconcierta

—Hola a todos, yo soy el Cuentista… dos puntos… DCF, así firmo siempre y lo aclaro, porque a veces esto causa confusiones. Los más serios me dicen “el autor DCF”,  lectores más cercanos me dicen “el Cuentista”, pero ustedes… ustedes pueden decirme como me dicen mis amigos: “¡callate imbecil!”. En fin… quedó claro que  actuar no es lo mío, y como por desgracia soy un mal poeta, o como poeta soy una desgracia… no lo sé, lo cierto es que me hice cuentista por necesidad, así que mejor… les leo algo:


—Vivir con mi novia me desconcierta, nunca voy a entender… ¿por qué desaparecen los rollos de papel higiénico del baño?, y la fuente al costado del water, esa que tira agua pa´rriba… ¿qué hace una fuente en el baño? …por Dios. 
Antes, un solo rollo de papel me duraba todo el mes, ahora estoy comprando el pack de doce… y nunca hay papel; no entiendo; y a la cosa esa la fui a abrir un día… para ver cómo funcionaba… y saltó un chorro de agua que pegó en el techo, la tuve que cerrar porque se me inundaba el baño. 
Sólo a los franceses se les puede ocurrir… llenarla para lavarse las patas o algo así. Y cuando salimos, eso es lo peor… hay que llevar esto, aquello y lo otro; no importa adonde vallamos ni cuanto podamos a demorar, así sea de pasada y acá no más: llevamos la cartera llena, dios sabrá de qué, el protector solar… un saquito por si refresca y por supuesto, el rollo de papel higiénico que parece sirve pa´ todo, y no falta una bolsita de nylon para envolver el protector y así no ensuciar, pero como la cartera ya está llena, llevamos otro bolso con  el papel, y la crema y la bolsita para no ensuciar la cartera, pero el saquito no, el saquito no porque se arruga el saquito va a parte. Yo siempre creí que a las mujeres les gustaba cargar con bultos, estoy empezando a sospechar… que lo que a ellas les gusta en realidad, es vernos a nosotros cargando con sus bultos; que si fuera por mi… yo no uso protector solar ni nada de eso, el preservativo… ¿para qué? y definitivamente la fuente va en el jardín. Ahora yo reconozco, reconozco, que para una mujer vivir con un hombre, también puede ser muy complicado. En mi caso por ejemplo, la típica de “Levantá la tapa del water para orinar”, con migo es más bien “¡No… en la pileta de la cocina no!”, y cosas así. 
Pero vamos, quién no se orino en la ducha, calentita, apuntándole a la rejilla del desagüe ¿quién?, ¿vieron que  los hombres tenemos la manía de limpiar el water?, no existe un hombre que no lo haga… no existe, le apuntamos directo a cualquier manchita… o pin de barro y hacemos fuerza todavía. Y en un baño público mucho más, ahí hay que  darle varias vueltas higiénicas de esas, y me pregunto: ¿cómo será el baño público de damas?, ¿habrá papel?, en el nuestro no hay ninguna fuente… eso es seguro, pero con suerte hay un agujero en el piso y a falta de papel, abundan las obras de arte en las paredes; ¿será por eso que el baño público siempre inspiró al graffiti?, recuerdo uno:

En este lugar sagrado
Al que acude tanta gente
Hace fuerza el más cobarde
Y se caga el más valiente
Y uno está ahí en cuclillas, leyendo esto en equilibrio
para no tocar nada y piensa… ¿cómo mierda le respondo?

DCF.

Gilgamesh

 Se sentó en la mesa del café DCF, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

La palabra nombra,
lo que se nombra, existe,
lo que se nombra... es

 

Caminaba por la calle principal... de la antigua ciudad de Tebas: rumbo al templo; tapices, alfombras, pan de trigo sin leudar, serían sus ofrendas. La túnica blanca y los ojos delineados en negro, lo protegían del intenso resplandor del sol, de un desierto que acunó, a la madre de todas las religiones.    
A ambos lados, las casas de ladrillo de barro y techo de caña seca, sin cerramientos, formaban un laberinto de pasadizos sobre la arena ondulante y despareja, marcada por las huellas de camellos: caravanas de mercaderes de incienso, aceite, y telas.
Al final del camino, podía verse de lejos, la mayor de todas las construcciones, junto al Nilo, rodeada de jardines donde los escribas, como él, pintaban las palabras mágicas sobre un papiro, dibujaban a dioses y demonios, conjurando sus hechizos en coloridas formas, inquietantes y atractivos diseños.
Al ver al sacerdote, Ani mostró las palmas al cielo, e inclinó su cabeza:
    - El escriba real, esposo de Tútu, ¿qué os ha traído a la morada de los dioses?
    - Me preocupa mi alma inmortal
    - Y hacéis bien en preocuparos, recuerda todos los peligros que ha de enfrentar,    incluso antes, de llegar al juicio de Osiris, donde tu corazón, habrá de ser puesto en la balanza
    - ¿Antes del juicio... qué peligros puede haber?
    - Oh Ani, por el camino os acecharán demonios...     como el escarabajo gigante, capaz de devorar el cuerpo de un muerto -Ani quedó petrificado- y el demonio de la
    serpiente cornuda, que no ha de dudar un segundo, en saltar sobre ti para llenarte de ponzoña
    - Pero... Anubis, ¿no me guiará por el camino?
    - Sí Ani, el Señor del inframundo ha de guiaros por las muchas puertas que deberéis cruzar, pero él no podrá defenderos, y detrás de cada una, os aguarda una obscuridad... aún mayor  -El sacerdote podía ver el terror, creciendo en los ojos de Ani- para sortearlas a todas, necesitaréis pronunciar la palabra de los dioses, la que hallaréis en este papiro, el papiro del eterno despertar 

Ani tomó el papiro de manos del sacerdote, con el cuidado de quien carga, su más preciado y frágil tesoro:
    - ¡Ahora sí, llegaré al salón del juicio!
    - Sí Ani, pero allí tu corazón ha de ser pesado, contra la pluma de la verdad y la justicia, si no pasáis esa prueba, jamás lograreis llegar al campo de cañas, donde os aguarda la dicha eterna, y tu alma, ha de ser devorada por Amith, el quebrantahuesos
    - Pero… mi corazón… no es tan puro
    - Por eso… has de llevar este amuleto, tenéis darlo en mano a la diosa Mahat, para que lo ponga en la balanza en lugar de tu corazón; el habrá de pesar justo
    - ¿Y mi esposa Tútu, podrá pasar conmigo?
    - Ha… para ello necesitareis de un papiro más largo, uno de veinticuatro…
Y el chillido de un halcón, cortó la conversación. Ani se distrajo un momento, observándolo planear, allá en lo alto, luego volvió su vista al frente y observó la enorme construcción que se erguía frente a él, a ambos lados de la puerta principal, los vendedores de palomas y cambistas de monedas, hacían su negocio con los fieles que entraban y salían; un judío pasó junto a él, dejó caer dos dracmas, en una charola de plata, ubicada sobre el pedestal de mármol, junto a la puerta, y se dispuso a entrar… cuando un hombre descalzo, de túnica blanca y melena por los hombros, salió furioso del lugar y comenzó a patear las mesas de los cambistas, haciendo volar las monedas hebreas y romanas por los aires... al grito de:
    - ¡Impíos, estáis convirtiendo el templo de Salomón en una cueva de ladrones!
Y continuó  tomando los bancos donde se sentaban los vendedores de palomas, y los lanzaba con fuerza, lejos del templo de su padre; quienes lo conocen, dicen que esa fue la única vez, en que Jesús, perdió la compostura.
Entonces el halcón volvió a emitir su agudo sonido, y Ani, devolvió la vista al cielo; el ave, apenas una mancha negra en el azul profundo, describía grandes círculos buscando a su presa. Al bajar la vista, pudo ver desde la puerta el interior del templo, donde un hombre subido a un escenario, con un micrófono en la mano, predicaba a viva voz por altoparlante, la palabra de los dioses:
    - ¡Amen... hermanos!
    - ¡Amen...!
Respondieron todos al unísono mientras que el hombre, se bajó del escenario y prendió un fuego, en un tanque de metal en el medio del templo:
    - Escriban sus pecados en un papel... ¡y lancenlo a las llamas donde pertenecen!, dejen que el fuego purifique sus acciones, ¡arrepiéntanse!, y el Señor alejará a los demonios de sus vidas... ¡quémenlos!
    - ¡Amen!
Seguían gritando mientras hacían fila para lanzar sus pecados al fuego y el halcón, volvió a chillar. Ani lo vio cuando se dejaba caer en picada,  y frente a él, el sacerdote de Osiris, ofreciéndole ahora, tres figuras esculpidas en barro:
    - No habréis de querer hacer el trabajo duro en el más allá, llevaros estos esclavos mágicos, ellos habrán de hacer el trabajo sucio por ti
    - Pero, todo esto... ¿cuánto me va ha costar?
    - Con vuestro salario de escriba real, tendréis que pagar      medio año
    - ¡Medio año!
    - Acaso pensáis que es mucho, a cambio de vuestra dicha eterna
Ani aceptó la oferta y se fue de allí, preocupado por la deuda que contrajo... pero feliz, y sabiendo que hacía lo correcto, apenas llegó a su casa corrió donde su mujer para darle la noticia. Esta miró el papiro de veinticuatro metros con ojos bien abiertos y expresivos:
    - ¡Tonto!, no adquiriste la dicha eterna, te vendieron un papiro   

Libertad

 Se sentó en la mesa del café DCF, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:


Anoche tuve un sueño horrible; por la mañana se me hizo realidad; y ahora, por la tarde, se los cuento:

Vi un cabo de grueso hilo, que pendulaba suavemente sobre un fondo gris de cemento, y posada en la cuerda, una mariposa amarilla… que salió volando al temblar la soga, lento, se alejó con su vaivén zigzagueante y más abajo, el cuerpo de un joven meciéndose, mientras la mariposa pasa entre los barrotes a sus espaldas… y se aleja más, cada vez más, de su rostro violáceo, el cuerpo inerte, meado y cagado al espirar, con su último esfuerzo, como todo ahorcado cuando deja de patalear y se mece; la mariposa se pierde finalmente en el cielo azul de afuera, y yo terminé entonces de abrir los ojos, por que entresoñando vi la escena y me incorporé, salté de la cama y comencé a golpear la puerta: -Llavero llavero… ¡enfermería llavero! –y seguí golpeando hasta que todas las celdas comenzaron a golpear conmigo y de pronto, un silbido agudo seguido de un silencio total, pasos, sin prisa, ruido de llaves, y la pesada puerta de hierro que se abre… tarde ya.


DCF.

Incapacidad social

Se sentó en la mesa del café DCF, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:  


Dos tres cuatro cinco, doblo a la derecha, uno dos tres cuatro, a mi izquierda está la llave de luz… ¿para qué?, avanzo recto tres pasos más y estoy frente a la pileta del baño; me lavo la cara y cepillo mis dientes mientras escucho la radio que informa la hora: siete de la mañana, debo apresurarme, cierro la canilla, plic; salgo del baño y avanzo por el corredor, plic; tres cuatro cinco, doblo a mi izquierda, plic; ya estoy en el dormitorio y comienzo a vestirme, plic; salgo del cuarto con rumbo a la puerta de calle, plic; saco las llaves de mi bolsillo y abro, plic; ¿qué es ese ruido?, plic.

Por fin terminó mi entrenamiento, fue duro, pero he aprendido mucho en estos meses… y no me puedo quejar, me han tratado bien. Ahora tengo un tiempo libre y puedo socializar con mis compañeros. Parece que soy la única hembra aquí, ¡deja ya de olfatearme el trasero!, que se ha creído este Sultán.

¡Puta… la canilla otra vez!, plic; no tengo tiempo ahora de cerrarla, debo ir por mi perro, plic; cierro la puerta, tres cuatro cinco, llego al ascensor, presiono el botón, no escucho el sonido de los engranajes, debe estar en mi piso, abro, entro y busco el botón de planta baja… que ya no es más redondo… ahora son todos cuadrados… y parecen estar como hundidos, los cuento…, este debe ser, presiono; salgo del ascensor y me invade un fuerte olor a café; esta es mi vecina Olga y su café de filtro, estoy en el primero, vuelvo al ascensor y presiono el botón de más abajo. Gano la calle y despliego mi bastón.

Estamos todos muy nerviosos, ayer escuchamos a nuestro entrenador hablando por teléfono, parece que vendrá alguien a buscar un lazarillo… ¿qué olor es ese?: comida; nos acercamos despacio, no debemos correr, cada uno a su plato moviendo la cola. Nuestro entrenador es flaco y alto, un muchacho joven de calzado deportivo, vaquero, remera, y huele como nosotros; termino de comer y lo observo, tengo ganas de pararme en dos patas, apoyar mis delanteras sobre su pecho y lamerle la cara, pero me contengo; por cierto… ¿a cual de nosotros vendrán a buscar?, me gustaría poder hablar para preguntarle, pero no nos han enseñado a hacer eso… aún; el entrenador se va para el frente y se dispone a abrir el local… ¡oye, pará de morderme la oreja!

Tac…, tac…, tac…, tac, el sol me da en el rostro y la calle está desierta, lo sé, pienso en mi lazarillo mientras camino a la parada, tac…, tac…, tac…, toc, una columna de hormigón, llegué a la esquina…, sí, aquí está el cordón; no escucho ningún auto, comienzo a cruzar, tac…, tac…, tac…, toc, el otro cordón. Llegué a la parada, creo que no hay nadie, o al menos nadie habla ni camina, escucho un ómnibus que se acerca, le hago señas, chilla el freno y el ruido metálico de la puerta me guía: -¿Este es el tres veintinueve? –No, el tres veintinueve viene atrás –Gracias –Escucho cuando cierra la puerta y arranca –Yo le aviso cuando venga –Me dijo la voz de mujer mayor –Ha… creí que estaba solo… ¿usted se toma el mismo? –Sí, lo tomamos juntos… mirá… allí viene. –Subo al ómnibus, cierro mi bastón y ocupo el lugar de los discapacitados; no me cobran el boleto: -Disculpe, me avisa cuando lleguemos a Ocho de Octubre y Belloni -Sí claro –Durante el viaje voy pensando en mi perro lazarillo, ¿será mejor que mi bastón?, al menos me hará compañía, dicen que no da problemas, están muy bien entrenados y además -Llegamos joven –Gracias –Despliego mi bastón y echo a andar, tac…, tac…, tac…, tac, hay mucho ruido en esta calle: coches, camiones, tac…, tac…, ómnibus y mucha gente, puedo escuchar sus pasos cuando se apartan para dejarme pasar, tac…, tac…, tac…, (…), (…), ¿qué es esto?, parece algo muy blando… se entierra el bastón en el; intento rodearlo pero es enorme… para ambos lados… y también para arriba: -Pará que te ayudo –Siento la voz de un joven a mis espaldas, y está recién afeitado, su olor a colonia me marea; toma mi brazo y comenta mientras caminamos: -Están construyendo, y ocuparon toda la vereda con una montaña de arena, hay que bajar a la calle…; ahora sí, acá ya podemos subir, cuidado el cordón… -Gracias –De nada –Tac…, tac…, tac…, escucho una conversación a mi derecha: -Disculpen, ¿una casa donde entrenan perros? –Sí, en esta misma cuadra… unos metros más adelante –Gracias –Tac…, tac…, tac…, siento olor a perro, debe ser acá: -¿Aquí es donde venden lazarillos? –Sí… ¿qué se le ofrece? –Yo soy Carlos… -Ha… Carlos, pase, lo estaba esperando –No sólo el local huele a perro, también el hombre de voz cansada que continúa-: tome asiento aquí, ya le traigo a su lazarillo. -Está fresco acá. El hombre se aleja en un andar lento y el piso, seguramente de madera, va dejando de vibrar… hasta que cesa. Una puerta se cierra.

Acabo de escuchar una conversación… entre mi entrenador y alguien, ¿será mi futuro dueño?, ¿seré yo la afortunada?, ay, ahí viene…: ´´Sultán, ven aquí´´ dijo con vos cansada y le coloca la asidera… se van.

Una puerta se abre, jadeos, vibraciones, -Aquí lo tiene

–Toma mi mano mientras me levanto y la pone sobre una asidera, cálida, plástico corrugado- Se llama Sultán –Me arrodillo y comienzo a acariciarlo: pelo corto, cabeza grande, lengua afuera –Usted no se preocupe, Sultán esta muy bien entrenado, se entenderán enseguida –Eso espero… y salgo, con el perro en una mano y el bastón en la otra –Ya no precisa el bastón –Aclara el hombre mientras siento como me marca el camino y cruzo la puerta, sol. 
Estamos en la calle, lo guío por la sombra, el calor es intenso, no se adonde quiere ir, espero serle útil. Se frena, -¿Porqué te paraste Sultán?, me agacho y lo acaricio, está sentado, siento ruido de coches, ¿habremos llegado a la esquina?, hay tanto ruido en esta calle, guaf, ladra y comienza a andar: el cordón, guaf, el otro cordón, no sé para donde vamos, pero por ahora vamos yendo…; ahora es él, mi dueño, quien se frena… y yo me siento. –Disculpe… ¿la parada del tres veintinueve? –Sí, en esta cuadra, la próxima esquina –Gracias –Seguimos caminando…, guaf, llegamos a la esquina, -Disculpe, ¿acá es la parada? –Sí –Me avisaría cuando venga el tres veintinueve –Claro, pasa enseguida…; mire… ahí viene, el primero no, el segundo –Escucho pasar a uno y hago la seña, frena, abre sus puertas y me dispongo a subir –Perdone joven, pero no puede subir con animales –Pero… este es mi perro guía –Lo sé, pero son reglas de la empresa… hasta que no las cambien… –Lo miré con cara triste, lástima que él no pueda ver mi rostro, empezamos mal -Y bueno sultán, habrá que caminar, y caminamos…, mucho. Por fin en casa, abro la puerta, plic; cierro y Sultan me lleva hasta el living, plic; maldita canilla, plic; pongo rumbo al baño, creo que mi dueño quiere ir por acá, plic; aprieto bien la bendita canilla, me agacho, y por primera vez, me saco los lentes negros, apoya sus lentes en el suelo, me abraza, y entre mimos y caricias, una cosa descubrí, mi rostro está en sus ojos, yo lo vi.


DCF.

Hijos.

Se sentó en la mesa del café DCF, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

 Los vemos nacer
y con esfuerzo los hacemos crecer.
Luego se van, se juntan con otros
y se reproducen con ellos
dándonos así: la mayor alegría
que un escritor pueda tener.

DCF.