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Palabras escondidas.

Se sentó en la mesa del café Sir George, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

Al atravesar el umbral de la puerta principal, la señora Etchegaray, sintió una abrumadora nostalgia por un sitio que nunca conoció. La ambulancia retiraba el cuerpo sin vida del señor Sánchez de Córdoba. Los vecinos husmeaban detrás de la verja sorprendidos con la reciente muerte del anciano. La señora Etchegaray se preguntaba cómo podía extrañar una habitación, un comedor y una cocina que sólo estaban en su imaginación. Todo estaba ordenado y, como intuía la anciana, el clima del lugar era de una absoluta soledad de años. Sólo la cama de la habitación estaba desordenada, fue ahí en donde murió Sánchez de Córdoba, dicen que en un sueño. A un costado, un gran armario con centenares de libros ordenados por autor y obra. Un espejo biselado, mostraba un escritorio con una vieja máquina de escribir con una hoja a medio escribir. Era un párrafo corto, su último párrafo antes de acostarse y morir. Abajo un cesto de basura estaba repleto de papeles destrozados. Un vaso de vidrio marcaba la comisura de los labios del último trago
La señora Etchegaray acarició la maquina. Decidió revisar los cajones del hombre que amaba. Al abrir el primer cajón encontró cartas, infinitas cartas, así en el segundo y en el tercero. Todas se dirigían a ella, cartas de amor y poesías. El anciano solitario también la amaba y la mujer descubría el secreto luego de treinta años. En un segundo descubrió que ambos se querían, pero ahora la ambulancia lo llevaba con lentitud a una morgue. Treinta años después y ni una sola palabra. El amor se escapaba, moría sin haberse revelado.
El día que el señor Sánchez de Córdoba llegó a la calle Sucre, en el barrio de Belgrano, los vecinos apenas pudieron reparar en él. Estaban asomados por las ventanas asustados. La revolución Libertadora invadía con sus aviones la Plaza de Mayo. Las radios desconcertadas, les pedían a las personas que no salieran de sus hogares. Las madres gritando, recogían a los últimos niños que jugaban en la vereda; estaban aterradas por el estruendo de las bombas y los tiros que se oían desde el centro de la ciudad. Sánchez de Córdoba, inmutable, sin prestar atención a la locura colectiva, observó el cartel de su nueva casa que decía: alquilado. Vestía un traje negro pinzado y un sombrero de fieltro. Una larga barba blanca cubría su rostro y en su mano llevaba un portafolio, que parecía pesarle. En otra llevaba una pluma antiquísima. Una mujer joven y hermosa que pasaba por el lugar, lo miró sin entenderlo. Sánchez de Córdoba sin razón alguna le obsequió la pluma. Dio un suspiro y miró al cielo. Vio una y otra vez, a los aviones que se dirigían a un lugar incierto para él. Buscó en sus bolsillos las llaves y abrió la puerta principal. Antes de entrar miró, sin saber por qué a la casa del frente. Una mujer lo miraba con curiosidad, ella no parecía tener miedo a las bombas y tiros de Aramburu y Rojas, no le importaba que la radio “El Mundo” dijera que el General Perón estaba desaparecido. Sólo le intrigó la presencia del nuevo vecino, que ahora con sus dos manos se agachaba a levantar el pesado portafolio. Se miraron por unos instantes. El hombre bajó la mirada y antes de cerrar la puerta, volvió a mirar a la mujer, que seguía mirándolo.
La señora Etchegaray tenía treinta años. Desde la muerte de su padre se había acostumbrado a la soledad. Sólo se relacionaba con sus compañeros de trabajo y algunos vecinos. Muchos hombres deseaban conquistarla de distintas maneras, pero ella parecía cerrada a recibir cualquier propuesta. No conoció el amor y le temía. Las radionovelas de las tres de la tarde en radio Belgrano, con la voz de Oscar Casco, Fernando Ciro, Hilda Bernar, eran su único acercamiento al amor. Hasta que Sánchez de Córdoba llegó a su vida. Esos actores que la conmovían desde un aparato, tomaban vida viendo a su vecino. Él la retrotraía a esas tardes. La imaginación, que era una medicina hermosa por aquellos años, le hizo pensar que tal vez su vecino fuera el personaje principal de las radionovelas.
Sánchez de Córdoba, resultó ser para todo el barrio un perfecto mal educado, un arrogante y un soberbio. Nunca se dignaba a saludar a nadie. Cada vez que salía de su casa con rumbo desconocido, escondía sus ojos celestes bajo la punta de su sombrero ladeado. Ni siquiera se dignaba a preguntar por la salud del pequeño Brunillo, que por una picardía de niños, una tarde de verano había perdido una de sus piernas al quedar atrapado por las ruedas del tranvía. La joven Etchegaray ya se acostumbraba a los reproches de todos contra ese hombre hermético, casi siniestro, pero por dentro sufría ante las críticas hacia el hombre que ella amaba. Su corazón se estremecía cada vez que Sánchez de Córdoba salía de su casa. Él al verla, levantaba su brazo derecho, se sacaba su sombrero y con la otra mano la saludaba. Desde el primer día que lo vio, ella sentía que ese galán imaginario, sólo estaba en este mundo para dirigirse a ella. No quería pensar en sus actitudes de hombre infame.
Pasado unos meses, la joven comenzó a esperarlo en la puerta de su casa, con sus vestidos acampanados y su rodete ajustándole el pelo castaño. El hombre llegaba con su maletín, ignorando todo, pero antes de entrar, repetía la escena de siempre, se sacaba el sombrero y saludaba a la joven mujer.
Ella no volvió a oír la radio, sólo esperaba la salida y la llegada de ese hombre misterioso que nunca tomaba la decisión de cortejarla, de dirigirle la palabra. La joven Etchegaray se moría por hablarle, saber todo sobre su vida, pero la actitud machista y conservadora de la época, la reprimían a cruzar la calle y hablar con ese señor extraño.
Sánchez de Córdoba encerrado en su casa, con las persianas bajas, se quedaba horas mirando cada vez que la mujer salía a regar los geranios, o regresaba de su trabajo. El whisky lo acompañaba en esos momentos. La amaba, pero cómo decirlo. Cómo acercarse y decirle que desde que la había visto su soledad había desaparecido. Cómo decirle que cada noche, esa mujer era la musa de sus poesías y cuentos más perfectos. Cómo decirle todo esto, si desde su nacimiento no escuchaba, no hablaba. Él siempre fue “el sordito”, “el mudo”, del que todos se burlaban apenas lo conocían. Nadie sentía compasión por él. Quería que la magia quedase intacta ante la joven. Al enterarse de su condición ¿no perdería ella el interés? ¿Por qué no dejar todo así? ¿Por qué no dejar pasar el tiempo y amarse de esa forma cobarde, pero sin disgustos?
Treinta años después ya era un anciano de setenta años y la señora Etchegaray tenía sesenta. Ni un sólo día habían cesado los saludos y las miradas. La mujer esperó toda su vida a ese personaje de ficción escapado de una radio, lo esperaba porque algún día le hablaría, algún día su protagonista de la radio le hablaría al oído.
La ambulancia se perdía y la mujer seguía abriendo carta por carta, en ellas se enteraba de las poesías que el hombre de su vida le había dedicado. No sabe cuánto tiempo pasó, pero leyó una por una. No entendía por qué ese amor tan fuerte nunca fue vivido. Se sentó en su escritorio. Al lado de la maquina de escribir, quedaba el vaso de whisky a medio tomar. Con lágrimas tomó la hoja de la máquina, tal vez lo último escrito:
“La he amado por siempre, sólo soy un pobre hombre que no la merece, sólo mis cartas de amor saben cuánto la he amado. Quisiera poder decirle todo lo que la amo, hablar con usted en un viaje que perdure siglos. Sólo rendirme ante la belleza de su rostro. Creo que la magia existe y algún día, emprenderemos esos caminos juntos. He sido temeroso, pero de amor. Mi alma estará siempre con usted. Amo el beso que nunca le di, amo sus caricias que nunca llegaron, amo a nuestros hijos que por algún lado corren y ríen. Gritan, hablan, son felices…”
El párrafo terminaba en esos puntos suspensivos. La señora Etchegaray guardaría por siempre esas cartas y juraba leerlas una y otra vez hasta emprender ese viaje. Guardó cada una en su sobre. En el portafolio que tanto pesaba las escondió como un tesoro. ¿Por qué el galán de sus sueños, el de la radio, no le había hablado ni siquiera una vez? Al abrir la puerta de la casa sintió un cosquilleo en sus oídos. Se dio vuelta y vio que se había olvidado de guardar la hoja de la maquina de escribir. Al acercarse las letras se fueron esfumando hasta quedar la hoja en blanco. Otra vez sintió un cosquilleo en su oído.
“La he amado por siempre, sólo soy un pobre hombre que no la merece, sólo mis cartas de amor saben cuánto la he amado. Quisiera poder decirle todo lo que la amo, hablar con usted en un viaje que perdure siglos. Sólo rendirme ante la belleza de su rostro. Creo que la magia existe y algún día, emprenderemos esos caminos juntos. He sido temeroso, pero de amor. Mi alma estará siempre con usted. Amo el beso que nunca le di, amo sus caricias que nunca llegaron, amo a nuestros hijos que por algún lado corren y ríen. Gritan, hablan, son felices…”
Era su voz, esa voz que siempre quiso escuchar. Abrió el portafolio y al abrir cada carta, las letras desaparecían. Sólo quedaba un papel vació amarillento y la voz que resonaba por toda la casa, diciéndole los poemas más hermosos.


Sir George.

La burla de los muertos.

Se sentó en la mesa del café Sir George, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

Una luz tenue enfoca el depósito de cadáveres. El silencio de la noche es cómplice de lo aterrador del lugar. Dos muertos yacen en el suelo. Están cubiertos por bolsas negras. Una rata hambrienta husmea los cuerpos en descomposición. Los difuntos conducían un auto horas atrás. Se han transformado en carroña fría. Tienen aspecto de residuos sin importancia. Ya no sonríen, no hablan, no sueñan, son pedazos de carne fétida. Serán usados para un experimento maquiavélico. Méndez y Salves serán los encargados de divertirse con su muerte. Quintana, con su moral religiosa, reprueba las actitudes de sus compañeros: en varias ocasiones ha conspirado contra ellos. Nadie le ha creído. No puede entender el comportamiento de sus colegas. Las autopsias diarias afectaron sus mentes. Siendo estudiantes inexpertos y temerosos, se comportaban con normalidad. A Salves, siempre le molesta descubrir la causa de la muerte de un niño, en cambio a Méndez lo entristece el deceso de los ancianos. Varios años seccionando cuerpos los han hecho perversos, siniestros, diabólicos. Siguen manteniendo el respeto a niños y ancianos pero, desprecian a personas que ellos creen desagradables. Ni ellos saben la razón de su maldad. Con risas de hienas festejan el salpicar de la sangre, aúllan como lobos. Quintana intenta detenerlos mediante amenazas y denuncias y, de nada sirve, las ignoran. Con desdén, le exigen que no moleste en la fiesta. ¡Que se retire a rezar a su Dios misericordioso!
Les encanta el intercambio de cabezas. Implantar brazos femeninos en un hombre. Separar los dedos de mujer con uñas largas y filosas y usarlos de dardos en un blanco. Otra de sus peculiares costumbres es despojarlos de sus prendas y vestirlos con algún atuendo particular. Les gusta disfrazar a un hombre obeso con un tutú de bailarina clásica. Sosteniéndolo entre ambos, lo hacen bailar en puntas de pies e imaginan los bullicios y aplausos de las sombras.
Al aburrirse de jugar al póquer eligen muertos al azar. Los sientan en una mesa con sus cinco cartas y los insultan si alguno obtiene póquer de ases.
-El fiambre se me lleva la guita a la tumba - suele exclamar Salves.
-¿Qué cartas tendrá el desgraciado?- Gruñe con ironía Méndez.
Con sus locuras se sienten justicieros en sus rituales. Aborrecen encontrar un muerto de facciones bellas y le desfiguran su rostro, insertándole una nariz puntiaguda o grandes orejas.
-¡Así qué te creías muy lindo Dorian Gray! ; Ahora te vas a ir al nicho como un monstruo - dicen con un tono juzgador y severo.
A los hombres altos los convierten en petisos y a los petisos en jugadores de básquet. Son coleccionistas de ojos y en un frasco los atesoran "como canicas" de distintos colores.
Los pasos de Méndez y Salves provocan un malestar imaginario en los muertos. Quisieran resucitar como lo hizo Lázaro de su tumba. Escapar de la tortura que se avecina. La rata que rodea los muertos huye con rapidez al escuchar los pasos de los dementes. Salves ilumina con una linterna los cadáveres y Méndez procede a destaparlos. Estudian qué presagio promete la noche. Son dos jóvenes de unos treinta años. El fuerte impacto del automóvil no los ha demacrado. Un golpe seco en la cabeza fue suficiente para estar en la morgue.
-¿Qué podemos hacer con ustedes? - dice Salves.
-La verdad, me estoy aburriendo de repetir lo de siempre - agrega Méndez.
-¿Por qué no… realizar un buen paseo en la ambulancia de Quintana con los amigos? - Insinúa Salves
-Continúa, continúa que me gusta la idea – Dice asombrado Méndez.
-El muy idiota se olvidó las llaves - Insiste Salves intentando persuadir a su amigo.
-¿Pero cómo hacemos? Vacila Méndez.
-Sencillo, mirá lo que tengo. -Salves mostrándole las llaves del olvidadizo señor incorruptible.
-No estaría nada mal, ¿qué te parece una vuelta por el Abasto, tomar algunas cervezas y piropear hermosas mujeres? - Aprueba la idea Méndez, agregando un incierto desenlace.
Secuestran a los jóvenes muertos y los arrastran a la ambulancia de Quintana. Evitando ser vistos por alguien, sientan a los difuntos en la parte trasera del auto. Una mujer joven y hermosa pasa por el lugar. Salves sin razón alguna habla con ella. Los acomodan inclinados en los asientos y buscan que no caigan hacia delante. Salves enciende el motor. Sintoniza Lohengrin de Wagner. Entre risas y algarabía emprenden el tragicómico viaje.
-¿Querés una cerveza flaco? - Salves dirigiéndose a uno de los muertos.
- Contestá, sos mudo querido, nada de timidez acá, hoy estamos de joda y a joder se ha dicho.-Méndez hablándole al cadáver.
A gran velocidad pasean los cuatro amigos. Cada tanto, se detienen en algún semáforo. Improvisan poesías al ver jóvenes bellas. Los cadáveres parecen sonreír ante el romanticismo de sus torturadores. Nace una anormal amistad. Se unen la vida y la muerte. La locura y la paz eterna. Al tomar la avenida Corrientes, uno de los cadáveres se tumba hacia delante. Su mano queda tendida entre los médicos, parece señalar algo llamativo.
-¿Qué carajo viste finado? -pregunta Salves desatendiendo el volante y siguiendo la indicación de la mano. Observa un auto destrozado.
-¡Cuidado con el camión boludo! -Grita desesperado Méndez.
La advertencia no llega a tiempo. La ambulancia de Quintana se estrella contra un viejo acoplado. La policía forense confirma que sus cuatro integrantes han fallecido. El auto desecho que parecía señalar el cadáver, era su propio auto. En él, horas antes, moría junto a su amigo. Los cuatro hombres sin vida son trasladados a la morgue. Quintana será el encargado de realizar las autopsias. Los rostros de los jóvenes parecen tranquilos. Dan el aspecto de aguardar un sepelio decente.
- ¡Salves, qué lindo tipo que eras!, ¡Méndez tus piernas son muy largas! - Grita Quintana con un bisturí ansioso por cortar.

Sir George.

Figurita difícil.

Se sentó en la mesa del café Sir George, sintió el aroma, tomó un sorbo y luego dijo:

Escuché la bocina del camión de la mudanza, mientras toda la casa era un gran desorden. Sólo me quedaba embalar la última caja con objetos innecesarios, esos que uno siempre atesora. No sé porqué lo hice, pero había escondido la caja debajo de mi cama, supongo que por si algún visitante inoportuno encontraba mis reliquias teniendo que soportar su burla comprensible. El timbre sonó y me apresuré a sellar la caja porque no quería que los empleados vieran mis intimidades, y por casualidad observé mi mejor recuerdo: el álbum de figuritas de fútbol.
Ahí estaban los héroes de mi niñez que tan bien defendieron sus gloriosas camisetas. ¡Qué jóvenes que eran! Hoy, hombres exitosos y portadores de las mejores reminiscencias para los niños de mi generación. Ellos me divirtieron con sus rostros y yo sé que tuve la mejor selección de figuritas. Lo iba a guardar ya que el timbre insistía, y me acordé del Gringo Frezzoti, mi verdadero ídolo, el mejor jugador que vi en una cancha de fútbol. Di vuelta las hojas ya amarillentas, y recordé el número 84. Un círculo blanco me mostró que el álbum no estaba completo, faltaba la figurita del Gringo Frezzoti.
Mi nueva casa no logró que me olvidara de lo sucedido y con el álbum en la mano me transporté al pasado; era inconmensurable la alegría que sentía los sábados por la tarde porque jugaba el campeón. Desde temprano recortaba todo lo que estuviera a mi alcance y preparaba una bolsa inmensa llena de papelitos. Mi madre no me soportaba, yo le preguntaba cada cinco minutos cuándo llegaría mi padre. El viejo regresaba de trabajar y luego de su almuerzo, me llevaba al estadio del Deportivo. Me aferraba a su mano y disfrutaba ver a la hinchada alentando al equipo: cómo sujetaban sus banderas y trapos y el sonido estridente de los bombos. Siempre íbamos al mismo lugar: el paraabalanchas detrás del arco. Yo sabía que si el Gringo metía un gol, siempre corría a festejarlo al sector donde estábamos nosotros. ¡Cómo lo quería la hinchada! Creo que mi admiración por él, era porque también era un buen tipo. Cuando terminaba el partido lo saludaban todos los rivales y los árbitros, lo aplaudía el público visitante y con gran caballerosidad saludaba a la tribuna femenina que gritaba por el número diez, porque el Gringo tenía su pinta también. Cuando coreaban su nombre, el viejo me subía a sus hombros y el Gringo saludaba sin emocionarse.
Nosotros éramos los últimos en irnos de la cancha y a mi me gustaba disfrutar del silencio después de tanta algarabía. Casi siempre veíamos al Gringo que entraba al césped a recibir a tres hombre más. Papá me contó que eran jugadores de primera y los mejores amigos del Gringo, y que después del partido, preparaban detrás del arco un asado.
Yo por aquella época, había empezado a llenar mi álbum de figuritas, tuve suerte y en poco tiempo casi lo completé. Un sábado me di cuenta que sus tres amigos figuraban en mi álbum y ese día al Gringo lo expulsaron por primera vez. Las figuritas que me faltaban las gané en el colegio; sólo me restaba la de mi ídolo. Nunca busqué tanto algo en mi vida como a esa figurita. Ningún amigo la tenía, hasta le hice mandar una carta a mi madre, a la editorial que publicó el álbum: ella la compraría, pero nunca nos respondieron. De manera incomprensible el Gringo cada día jugaba peor.
Fui creciendo, me interesaban más las piernas de mis compañeras que las figuritas, y me olvidé del asunto. El Gringo seguía jugando mal y cada dos por tres lo sacaban, relegándolo al banco de suplentes.
Un tiempo después se lesionó y no volví a saber de él. Algunos decían que lo habían vendido a Colombia o que un rey de Arabia Saudita quería comprar su pase. Nunca más leí una noticia sobre él, no lo mencionaban en ningún medio…
Dejé caer el álbum y llamé a un amigo que trabajaba en un diario por si acaso tenía noticias sobre la vida del Gringo; pero él no sabía nada. Fui al estadio y le pregunté hasta al último empleado del club. Resignado me estaba yendo, cuando un hombre mayor que miraba a la primera entrenar, me llamó. Me impresionó su inmensa joroba. Me dijo que me escuchó hablar y que él sabía del Gringo. Dijo que vivía en Moreno y que no era difícil encontrarlo, sólo me aconsejó que no lo llamara por su apodo, sino por su nombre; no le pregunté la razón. El anciano se rió entre dientes y con malicia.
Me subí al tren en busca del Gringo. En un sobre llevaba el álbum, quería hacerle sentir el orgullo que me daba hacer todo esto por él.
Luego de preguntar, llegué a un lugar casi despoblado y encontré una casa de chapa que me dijeron, era la suya. Vi un hombre canoso, enjuto, sentado en una piedra; tomaba mate y le tiraba pan a un perro tan flaco como él. Me costaba asimilar que ese fuera el Gringo, pero lo llamé por su nombre como me dijo aquel hombre:
- Hola Rubén.
El Gringo tiró el mate, se levantó, entró a su casa y salió con una honda y una bolsa de piedras. Comenzó a tirarme con todo y yo tuve que agacharme porque casi me mata. Encima, el perro me arrinconó contra un árbol, y si en ese momento no grito:
- Pará Gringo, pará Gringo…
Soltó su arma y llamó a su perro. Yo me abracé al árbol y vi como se acercaba. Cuando lo tenía a un metro se empezó a reír.
- ¿De qué se ríe?, casi me mata –Le dije balbuceando.
- ¿Sabés pibe cuánto hace que no me llaman por mi apodo?
Me ayudó a levantarme y me invitó a tomar unos mates a su casa. El perro ahora me lamía las piernas. Nos estudiamos un poco, y mientras calentaba la pava miré su humilde casa, pensé en lo viejo que estaba y me pregunté por qué vivía así.
- ¿Amargo pibe?
- Da igual Gringo – le contesté
Otra vez sonrió. Vi todos los trofeos, revistas y pósters en los cuales lucía joven y celebrando los mejores goles.
Me convidó el primer mate y me dijo:
- Cuántos recuerdos pibe, no sabés lo que es estar sólo.
Pareció bajar la guardia y se desplomó en una banqueta. Yo no sabía qué decir, acomodaba el sobre donde guardaba el álbum, y él seguía mis movimientos con atención. Cuando le iba a decir lo del álbum me dijo:
- Disculpá pibe, pensé que eras uno de los prestamistas que me la tienen jurada. Le debo plata a todo el mundo y me imaginé que me venías cobrar; no tengo un mango, mirá como vivo. Todos se olvidaron de mi.
- No Gringo, yo te veía de chico en la cancha, siempre me acordaba de vos y mirá lo que te traje…
El Gringo se levantó y me empezó a mostrar sus fotos, sus notas, todo. Yo enmudecí ante la gloria pasada del hombre que hizo feliz a tanta gente.
- Mirá, hasta en figuritas salía. Qué casualidad, en este paquete de cuatro estoy yo con mis tres mejores amigos. ¿No es increíble? Mirá la facha que teníamos… ¡Sabés como jugaban estos! Disculpame, me decías que me trajiste qué cosa…
Yo me paralicé y no dije nada, ahí estaba la figurita que me faltaba. Me dio vergüenza preguntarle porqué la tenía él, contarle que esa simple imagen era una frustración en mi niñez. Entonces cambié de conversación.
- Un hombre que estaba en el estadio me dijo como encontrarte.
- ¿No será un jorobado no? , mirá que le debo guita.
Me puse colorado y el Gringo empezó a reír, se dio cuenta y me pidió disculpas.
- No pasa nada pibe, no te preocupes, le salió mal al viejo.
En un segundo se fue al baño. Arriba de la mesa estaba la figurita y nada me lo impedía. No respiré y con velocidad la tomé y la escondí en el bolsillo del pantalón.
El Gringo no se dio cuenta y hablamos una hora más. Lo noté triste y me contó de su mala suerte en el fútbol. Sus múltiples lesiones, la frustración de su pase a Colombia y Arabia Saudita; hasta que finalmente se dedicó al juego y a las mujeres. Se retiró en la temporada del nacional 84. Sin embargo, lo que más lamentaba era haber perdido a sus amigos, los asados después del partido. Ahora los miraba dirigiendo a sus equipos por la televisión y soñaba con el día en que se acordaran de él.
Nos saludamos y antes de irme me llamó:
- Pará pibe , pará , tomá …
- No Gringo, no…
- No pibe, ¿sabes cuánto hace que nadie se acordaba de mí? , llévala, con ésta jugué mi último partido.
Ya era casi de noche. Con el álbum y la remera en mi poder me di vuelta por última vez, a lo lejos la luna enfocaba su figura que me saludaba junto a su perro.
Al llegar a mi casa, saqué la figurita del Gringo y busqué algo para pegarla. En ese momento me sentí niño y hombre a la vez.
Por la mañana me despertó el teléfono. Al principio lo ignoré, pero era tal la insistencia que tuve que atender. Era mi amigo, el que trabajaba en el periódico.
- Che qué casualidad, te acordás que el otro día me preguntaste por un tal Gringo no sé cuanto, bueno hoy salió en el diario, le dieron la dirección técnica del Deportivo. Hola, hola, hola ¿estás ahí?…
Todos los diarios deportivos y la televisión anunciaban la vuelta del olvidado Gringo Frezzoti. Tomé el maldito y misterioso álbum, y comencé a reír como loco. Ahora estaba completo, todas las estrellas posaban juntas.
El sábado fui a la cancha con mi bolsa de papelitos. Me acomodé en el viejo paraabalanchas. Cuando detrás del equipo salió el Gringo, todos gritamos su nombre, esta vez no pudo contener sus lágrimas. El equipo ganó 4 a 0. Me quedé como siempre hasta el final. Cuando me iba, vi salir al Gringo al campo de juego. Se tomó la cintura y miraba para todos lados. Me reconoció y me saludó levantando su mano, yo llevaba puesta la camiseta que me regaló. Del túnel aparecieron tres hombres, ahora más avejentados. Se abrazaron por un buen tiempo y se marcharon: un gran asado los esperaba.

Sir George.